Alejandro Narváez Liceras(*)
Cada vez que se menciona la posibilidad de relevar a Julio Velarde de la presidencia del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), una parte del establishment (élite dominante) económico y mediático reacciona como si se estuviera proponiendo dinamitar el último muro de contención de la República. Se instala entonces una falsa narrativa de pánico: sin Velarde, se hunde el sol, se dispara la inflación, el Perú se precipita al abismo. El problema de ese relato no es solo su exageración, sino su trasfondo: convierte a una institución en rehén de un nombre propio y sugiere, de manera ofensiva para el país, que no existen otros economistas peruanos capaces de conducir el BCRP. Esa idea no resiste un análisis serio. El debate no debería ser si Julio Velarde es un economista competente —seguro que lo es—, sino si el Perú debe aceptar la ficción de que una persona es irremplazable y si el balance de casi veinte años de gestión justifica tanta reverencia.
¿Velarde es irremplazable?
Lo primero que conviene recordar es algo elemental que a veces se oculta deliberadamente: el BCRP no es una monarquía personal. Su Ley Orgánica establece que el mandato principal del Banco es preservar la estabilidad monetaria, mejor aún, mantener la inflación dentro del rango meta de 1% a 3% y es gobernado por un directorio de siete miembros; además, el presidente del Banco es designado por el Poder Ejecutivo y ratificado por el Congreso. Julio Velarde preside el directorio desde octubre de 2006 y fue ratificado en 2021 hasta 2026. Es decir, la propia arquitectura institucional del BCRP desmiente la tesis del “hombre irremplazable”. Lo que debe protegerse es la autonomía, la calidad técnica y la prudencia institucional del Banco Central, no la eternización de una persona.
La pregunta de fondo, por tanto, es incómoda pero legítima: ¿realmente Julio Velarde es el único economista peruano capaz de dirigir el BCRP? La respuesta es categóricamente “no”. Decir lo contrario sería aceptar que en el Perú no hay economistas capaces de dirigir los destinos del banco emisor. Decir lo contrario, no solo sería falso; sería humillante para el país y para quienes adoptamos la identidad de economistas, cuando sabemos que hay economistas con sólida formación académica en universidades extranjeras y peruanas de prestigio y probada experiencia. El punto no es reemplazar a Velarde por cualquiera, ni mucho menos por un operador político sin credenciales. El punto es comprender que la continuidad institucional no depende de una biografía individual, sino de reglas, mandatos, contrapesos y cuadros técnicos competentes. En una democracia nadie es irreemplazable; menos aún en una entidad colegiada.
Ahora bien, reconocer que Velarde no es único no obliga a negar sus méritos. Bajo su conducción, el BCRP consolidó un esquema de metas de inflación y una reputación de prudencia monetaria que, en términos comparados, ha sido valiosa para el país. Pero de allí a presentarlo como un tótem intocable hay un largo trecho. El propio mandato constitucional del BCRP está circunscrito a preservar la estabilidad monetaria; no a resolver por sí solo la pobreza, la informalidad o el subempleo. Por eso, cuando algunos defensores lo convierten en el gran arquitecto del bienestar nacional, cruzan la línea entre el reconocimiento técnico y el culto personal – ¡vaya ignorancia! -. Si el mandato del Banco es monetario, no corresponde adjudicarle éxitos estructurales que no le pertenecen. Pero tampoco corresponde blindar su gestión de toda crítica, como si estabilidad de precios fuera sinónimo de desarrollo del país o bienestar de los peruanos.
Balance agridulce
Y aquí aparece el lado agridulce del balance. Mientras se celebra con entusiasmo desmedido a Julio Velarde en foros empresariales y se multiplican los elogios y las condecoraciones, el Perú sigue cargando brechas sociales estructurales indecentes. Según el INEI, la pobreza monetaria afectó al 26% de la población en 2025; además, en el período octubre 2024 -setiembre 2025 la tasa de empleo informal fue de 70,6%, y la estructura del empleo mostraba 42,5% de subempleo a nivel nacional. Estos datos no son responsabilidad exclusiva del BCRP, y sería intelectualmente deshonesto afirmarlo. Pero sí obligan a moderar el triunfalismo de los defensores de los “sólidos fundamentos macroeconómicos del Perú”. Una política monetaria prudente puede ser condición necesaria para el desarrollo, pero claramente insuficiente para cerrar las graves fracturas sociales peruanas. Por ello, tanto halago sin matices termina siendo más ideología de mercado que evaluación rigurosa y seria.
También merece una discusión más honesta el tema de las Reservas Internacionales Netas (RIN). Al 15 de abril de 2026, las RIN ascendían a US$ 100 076 millones, equivalentes a 29 por ciento del PBI, mientras que la posición de cambio llegó a US$ 67 496 millones. Son cifras robustas y, sin duda, otorgan un colchón frente a choques externos. Sin embargo, no conviene presentarlas como un milagro de Don Julio. El propio BCRP señala que la intervención cambiaria busca reducir la volatilidad del tipo de cambio y no fijarlo; además, estudios del Banco indican que la intervención también ha buscado acumular reservas en un contexto de economía parcialmente dolarizada. En términos simples: una parte importante del crecimiento de las reservas ha estado asociada a compras de dólares y a la esterilización correspondiente en soles. Eso no invalida la utilidad de las RIN, pero sí obliga a discutirlas con mayor honestidad técnica y menos propaganda superficial.
Otra cuestión discutible es la tasa de referencia. El BCRP la mantiene en 4,25% desde setiembre de 2025. Al mismo tiempo, el propio Banco reportó que las expectativas de inflación a doce meses se ubicaron en 2,1% en febrero y 2,5% en marzo, dentro del rango meta; sin embargo, la inflación anual saltó a 3,8% en marzo, empujada por la guerra en Medio Oriente. Esto sugiere que la discusión no puede reducirse a “Velarde sí, Velarde no”, sino a si la política monetaria está reaccionando con la velocidad y calibración adecuadas frente a una economía con crecimiento mediocre (2,7% de PBI en 2026, según FMI) y crédito que tampoco vive una expansión por tasas de interés leoninas. Criticar esa cautela no es herejía; es parte del debate técnico legítimo.
Entonces, ¿por qué siembran miedo? Porque en el Perú un sector de la cierta élite dominante ha confundido estabilidad monetaria con estabilidad política de sus propios intereses. Velarde les ofrece previsibilidad, lenguaje tecnocrático y una imagen de continuidad que tranquiliza a mercados, bancos y grandes inversionistas. Y eso tiene valor, no lo discuto. Pero una cosa es valorar la prudencia, y otra muy distinta es fabricar el mito de que fuera de él solo existe el caos. Ese miedo no protege al BCRP; lo empequeñece. Lo convierte en una institución que aparentemente depende más de la aureola de una persona que de su propio marco constitucional.
Consideraciones finales
El Perú no necesita una campaña de pánico alrededor del relevo de Julio Velarde. Necesita un debate serio sobre el perfil de quien debe conducir el BCRP: autonomía real, solvencia técnica, prudencia monetaria, conocimiento de la economía real y la economía financiera y comprensión del país concreto, no solo del país “de las presentaciones en PowerPoint” que nos tiene acostumbrado.
Julio Velarde ha tenido méritos y su gestión no puede ser despachada con ligereza. Pero tampoco debe ser sacralizada. El balance de casi veinte años es agridulce en varios frentes monetarios, aunque claramente insuficiente para justificar el tono de adoración que suele rodearlo. El elogio sin crítica empobrece el debate; el miedo sin argumentos lo degrada. Es propio de ilusos.
La verdadera pregunta no es si Velarde puede irse. La verdadera pregunta es si el Perú ha madurado lo suficiente como para entender que las instituciones deben ser más grandes que los hombres que las dirigen. L:210426
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(*)Es Doctor en Ciencias Económicas y actualmente profesor principal de Economía Financiera en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.