Davos 2026 y la guerra del relato: “cooperación” de élites versus desigualdad denunciada por Oxfam

Alejandro Narváez Liceras(*)

El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), vuelve cada enero con la misma liturgia: montañas nevadas, trajes impecables, paneles sobre “cooperación” y “futuro”, y una coreografía de poder que pretende presentarse como filantropía ilustrada. Pero el Foro de Davos 2026 no fue solo el enésimo desfile de élites, fue, sobre todo, una guerra del relato: el intento de las élites económicas y políticas de sostener la narrativa de la “cooperación global y dialogo” en un mundo en disputa, frente a la denuncia —cada vez más difícil de neutralizar— de que la desigualdad extrema está capturando la democracia y convirtiendo la pobreza masiva en una normalidad.

La pregunta relevante es: el WEF, ¿para qué sirve realmente? Porque un espacio donde convergen cerca de 3,000 participantes de alto nivel, con récord de líderes políticos (cerca de 65 jefes de Estado y de gobierno, además de cientos de autoridades) y centenares de CEOs, no es un club social: es un espacio de influencia poderosa. Veamos.

Orígenes: de seminario empresarial a diplomacia privada

El relato oficial del WEF, también conocido como Foro de Davos (Suiza) insiste en el diálogo de diversos actores (gobierno, sector privado, sociedad civil y la academia) como virtud. Sin embargo, su historia sugiere otra cosa: nació en 1971 como un foro de gestión empresarial (European Management Forum) y, con el tiempo, mutó hacia una plataforma que busca moldear agendas globales, incluidas las reglas del comercio, la tecnología y el clima.

Ese tránsito importa porque explica el núcleo del fenómeno: Davos no es un parlamento mundial —no tiene mandato democrático—, pero opera como un mercado de gobernanza privada, donde se intercambian narrativas, compromisos blandos, “principios”, estándares y alineamientos políticos. Lo decisivo no suele ocurrir en los auditorios, sino en los pasillos: quién se sienta con quién, qué se prioriza, qué se deja fuera.

El marco 2026: “cooperación” en un mundo fragmentado

El WEF se presentó en 2026 bajo la pregunta: “¿Cómo cooperar en un mundo más fragmentado?”. La frase suena razonable, el problema es que la realidad fue más cruda: El Foro 2026 estuvo fuertemente condicionado por Donald Trump, al punto de “dominar” la agenda y convertir el, evento en un escenario donde la geopolítica y el nacionalismo económico se comían el guion del consenso global (Financial Times, 2026).

En otras palabras, Davos vendió “cooperación y dialogo”, pero el Foro exhibió poder desnudo. El Foro también funciona como termómetro de la transición hacia un orden más transaccional, donde los acuerdos multilaterales pesan menos y los “hombres fuertes” pesan más. Esa tensión se vio en discursos y reacciones de líderes, en debates sobre aranceles, seguridad y reglas del juego, y en el esfuerzo del establishment por no confrontar abiertamente al actor que desordena el tablero, pero del que dependen muchos negocios.

Oxfam: desigualdad como captura de democracia

Mientras el Foro de Davos habla de “cooperación y diálogo”, Oxfam llega con cifras que funcionan como bomba moral: en su informe Resisting the Rule of the Rich, sostiene que la riqueza de los multimillonarios alcanzó niveles récord y creció en 2025 a un ritmo muy superior al promedio reciente, mientras “una de cada cuatro personas” no tiene alimento suficiente de manera regular y casi la mitad del planeta vive en pobreza (Oxfam, 2026).

Este choque no es anecdótico. Davos intenta presentar el capitalismo contemporáneo como un sistema reformable mediante “buenas prácticas”, tecnología y colaboración. Oxfam, en cambio, describe un capitalismo salvaje que se vuelve oligárquico, el superrico no solo consume lujo, compra influencia, captura políticas públicas y condiciona la democracia. El debate ya no es “ética empresarial”, sino poder político.

Y aquí aparece la pregunta que incomoda: si el diagnóstico de Oxfam es que la desigualdad erosiona libertades y captura instituciones, ¿por qué el espacio donde se juntan los máximos beneficiarios de esa desigualdad debería ser, a la vez, el espacio donde se diseña la solución?

El costo moral: carbono privado y seguridad pública

Davos es un ritual caro no solo por su logística, sino también por su simbolismo. En 2026, el presupuesto de seguridad para el Foro asciende a 12 millones de dólares. La cifra por sí sola no “condena” a Davos, pero ilumina una asimetría: el espacio se presenta como debate sobre bienes públicos globales, mientras externaliza costos en bienes públicos locales.

La otra externalidad es climática. Greenpeace (2026) documentó, con datos de tráfico aéreo, un aumento marcado de vuelos privados vinculados al Foro y lo condensó en una imagen demoledora: un vuelo de jet privado por cada cuatro participantes. Además, medios suizos recogieron ese hallazgo subrayando la desproporción de emisiones de CO2 y gases de efecto invernadero por pasajero.

Aquí se revela la estructura del relato: Davos pretende ser la cumbre de la responsabilidad global, pero su estética logística advierte lo contrario. Predica límites planetarios, practica privilegio sin límites. Y esa contradicción no es un detalle: erosiona legitimidad, alimenta el cinismo y refuerza la idea de que “la transición ambiental” es para los demás, pero no para las élites.

¿Entonces Davos no sirve? Sí produce efectos, pero…

 Davos  produce efectos. No como “solución” a la pobreza, sino como mecanismo de coordinación de élites. Su utilidad para el mundo no se mide por discursos, sino por tres funciones reales:

1. Agenda setting: define qué es “prioridad” (IA, seguridad, comercio, energía) y qué se vuelve accesorio. En 2026, la IA y la geopolítica desplazaron parte del foco climático en la conversación pública del evento, a la par de advertencias sobre disrupción laboral por IA en economías avanzadas y globales.

2. Estándares blandos: promueve marcos y “principios” que luego se convierten en presión reputacional o insumo regulatorio, sin pasar por deliberación democrática formal.

3. Diplomacia paralela: en un mundo fragmentado, reduce costos de transacción para hablar, tantear acuerdos o calmar tensiones. Que eso sea útil no implica que sea legítimo.

Davos no es irrelevante, es problemático por lo que es: una gobernanza sin urna.

La propuesta: auditar Davos como si fuera política pública

Si Davos insiste en ocupar el lugar simbólico de “cerebro del mundo”, entonces debe aceptar estándares de evaluación pública.

· Transparencia de influencia: publicar agendas de reuniones bilaterales (al menos agregadas por temas), conflictos de interés y compromisos asumidos, con mecanismos de verificación.

· Contabilidad de externalidades: huella de carbono del evento (incluyendo aviación privada) y plan de reducción con metas, costos públicos locales y compensaciones explícitas.

· Compromisos con plazos: pasar de declaraciones a objetivos medibles (financiamiento movilizado, proyectos, resultados).

· Voz real del Sur global: no como decoración, sino como poder de agenda, especialmente si el contraste con hambre y pobreza es parte del debate.

Conclusión

Davos 2026 expuso, sin maquillaje, la guerra del relato de nuestro tiempo. De un lado, la élite proclama “cooperación y dialogo” en un mundo fragmentado, del otro, Oxfam recuerda que el mundo real se divide entre acumulación obscena y supervivencia precaria. Davos puede seguir existiendo, incluso puede producir coordinación útil, pero mientras no rinda cuentas, seguirá siendo lo que hoy simboliza para millones: una cumbre donde el poder se explica a sí mismo y, al explicarse, busca absolverse.

La pregunta final no es si Davos “habla bonito”. Es si acepta que, en tiempos de desigualdad extrema, el derecho a definir el futuro no puede ser monopolio de quienes ya lo poseen. (L:250126)

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(*) ES doctor en Ciencias Económicas y Profesor Principal en la UNMSM

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