Alejandro Narváez Liceras(*)
Hablar hoy de pensamiento crítico en el Perú parece casi una provocación. Vivimos rodeados de información, titulares, redes sociales, algoritmos, consignas políticas, verdades prefabricadas y respuestas instantáneas. Nunca hemos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, pocas veces hemos sido tan vulnerables a la manipulación, la superficialidad y el pensamiento en serie.
El problema no es solo tecnológico. Es cultural, educativo y político. En un país como el Perú, subdesarrollado, profundamente desigual y con una educación pública muy pobre, el pensamiento crítico no solo escasea: parece estar en peligro de extinción. Muchos ciudadanos opinan, repiten, comparten y reaccionan, pero muy pocos verifican, contrastan, dudan o argumentan. Por eso, la pregunta resulta inevitable: ¿ha muerto el pensamiento crítico o simplemente ha sido arrinconado por una sociedad que premia la obediencia, el facilismo y la comodidad intelectual?
Sócrates: la pregunta como rebelión
El pensamiento crítico no nació en los manuales universitarios ni en los discursos modernos sobre educación. Su raíz más profunda está en la filosofía griega, especialmente en Sócrates. Antes de ser una competencia académica, fue una actitud frente a la vida, el poder y la verdad.
Sócrates entendió que pensar no consiste en repetir respuestas, sino en formular buenas preguntas. Su método consistía en interrogar a sus interlocutores para que descubrieran sus propias contradicciones. No imponía conclusiones; desmontaba certezas. Convirtió la pregunta en instrumento de conocimiento y la duda en camino hacia la verdad.
Frases atribuidas a Sócrates como “solo sé que no sé nada” o “una vida sin examen no merece ser vivida” conservan plena vigencia. La primera expresa humildad intelectual; la segunda, una exigencia ética. No examinar lo que creemos, lo que obedecemos o lo que defendemos equivale a vivir bajo tutela mental.
En el Perú, esta enseñanza es urgente. Nos acostumbramos a aceptar como verdad lo que dice el político, el analista económico, el periodista, el profesor, el empresario, el influencer o el grupo al que pertenecemos. Pocas veces preguntamos: ¿es cierto?, ¿Dónde está la evidencia?, ¿Quién se beneficia?, ¿Qué se oculta detrás de ese discurso?
Kant: pensar sin tutela
Sócrates enseñó a preguntar. Immanuel Kant enseñó a pensar sin tutela. En su célebre respuesta a la pregunta “¿Qué es la Ilustración?”, Kant sostuvo que la mayoría de edad intelectual consiste en atreverse a usar el propio entendimiento. Su expresión sapere aude —atrévete a saber— fue un llamado a la emancipación de la razón.
Para Kant, el problema de muchas personas no era la falta de inteligencia, sino la falta de valor para pensar por sí mismas. Preferían que otros decidieran por ellas: la autoridad, el dogma, el poder político o religioso. Hoy podríamos añadir: las redes sociales, los influencers, los partidos políticos, los medios de comunicación, el mercado o la inteligencia artificial.
La lección kantiana es clara: sin autonomía intelectual no hay ciudadanía plena. Puede haber votantes, consumidores y usuarios, pero no ciudadanos libres. Y este es uno de los dramas del Perú: tenemos democracia formal, elecciones periódicas y libertad de expresión, pero una ciudadanía muchas veces desinformada, manipulable y emocionalmente capturada por el miedo, el odio o la promesa fácil.
¿Qué es realmente el pensamiento crítico?
En sentido estricto, el pensamiento crítico es la capacidad de analizar, evaluar y juzgar ideas, hechos, argumentos y decisiones antes de aceptarlos como verdaderos. No significa oponerse a todo ni vivir en la sospecha permanente. Tampoco equivale a negar la evidencia o confundir crítica con resentimiento.
Pensar críticamente implica distinguir hechos de opiniones, evidencia de propaganda, argumentos de consignas e información de manipulación. Es preguntar: ¿esto es cierto?, ¿con qué pruebas?, ¿Quién lo dice?, ¿desde qué interés?, ¿Qué consecuencias tiene?, ¿Qué alternativas existen?
También significa cuestionar aquello que parece obvio. Muchas injusticias de la historia fueron defendidas como verdades naturales: la esclavitud, la exclusión de la mujer, el colonialismo, el racismo, la pobreza como destino inevitable o la desigualdad extrema. Lo “obvio” muchas veces no es la verdad, sino una costumbre que dejó de ser discutida.
En el Perú, se nos ha dicho durante años que basta crecer económicamente para que todos vivamos mejor; que la informalidad es culpa exclusiva del informal; que la pobreza se explica solo por falta de esfuerzo; que la corrupción es inevitable; que la educación pública no tiene remedio; que la política es sucia por naturaleza. El pensamiento crítico empieza precisamente cuando nos atrevemos a cuestionar esas falacias.
Inteligencia artificial y dependencia mental
La aparición de la inteligencia artificial ha abierto una nueva etapa. La IA puede ayudar a buscar información, ordenar ideas, traducir textos, resumir documentos y acelerar procesos de aprendizaje. Bien utilizada, puede ser una herramienta valiosa. Pero mal utilizada puede convertirse en una peligrosa fábrica de dependencia intelectual.
El riesgo no está solo en que la IA se equivoque. El riesgo mayor está en que dejemos de verificar, comparar, interpretar y pensar. Si el estudiante copia sin comprender, si el profesional delega su juicio a la máquina o si el ciudadano acepta respuestas automáticas como verdades absolutas, el pensamiento crítico se debilita, pierde terreno.
En un país con graves brechas educativas, este riesgo es mayor. La inteligencia artificial puede ampliar capacidades, pero también puede profundizar la pereza mental. Puede democratizar el conocimiento, pero también fabricar una generación que lee menos, escribe peor y razona con menor profundidad.
Un país sin pensamiento crítico
El pensamiento crítico está amenazado en el Perú por varias causas: una educación memorística, una política polarizada, medios que privilegian el escándalo, redes sociales que premian la reacción inmediata y una cultura que confunde viveza con inteligencia.
También lo amenaza la comodidad humana. Pensar exige esfuerzo. Dudar incomoda. Argumentar demanda disciplina. Contrastar información toma tiempo. Por eso, en una sociedad cansada, desigual y saturada de estímulos, muchas personas prefieren respuestas simples, culpables visibles y verdades prefabricadas.
El problema es grave. Sin pensamiento crítico, la democracia se convierte en espectáculo; la educación, en trámite; la opinión pública, en rebaño emocional; y la ciudadanía, en clientela manipulable. Un país que no piensa críticamente puede tener celulares inteligentes, pero ciudadanos intelectualmente indefensos.
Apunte final
El pensamiento crítico no ha muerto, pero en el Perú está gravemente debilitado. Puede morir por abandono, por mala educación, por manipulación política, por mediocridad institucional o por exceso de comodidad intelectual.
Sócrates nos enseñó a preguntar. Kant nos exigió pensar por cuenta propia. La tarea de nuestro tiempo es recuperar ambas lecciones. El Perú no saldrá del subdesarrollo solo con más obras de infraestructura física, más inversión o más crecimiento económico. También necesita ciudadanos capaces de pensar, preguntar, dudar, argumentar y no dejarse engañar.
Porque una sociedad que no piensa críticamente no es una sociedad viva y moderna. Es apenas una sociedad conectada tecnológicamente y ruidosa, pero intelectualmente muy pobre, condenado a repetir sus errores, obedecer a sus manipuladores y confundir propaganda con verdad. L: 05072026
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(*) Es profesor principal de Economía Financiara en la UNMSM.