Alejandro Narváez Liceras(*)
La historia económica enseña una verdad incómoda: quien controla la energía controla una parte sustantiva del poder mundial. En el siglo XX, el petróleo estuvo detrás de guerras, alianzas militares, golpes de Estado, rutas marítimas, corporaciones gigantescas y estrategias imperiales. En el siglo XXI, esa disputa no ha desaparecido; se ha sofisticado.
Hoy la guerra por la energía ya no se libra solo por pozos petroleros, gasoductos o reservas de carbón. También se libra por minerales críticos, redes eléctricas, semiconductores, centros de datos, inteligencia artificial, rutas marítimas y control tecnológico. La economía digital, presentada muchas veces como “intangible”, tiene una base profundamente material: consume electricidad, agua, cobre, litio, chips, refrigeración e infraestructura.
La paradoja de nuestro tiempo es evidente: el mundo habla de transición energética, pero sigue funcionando sobre una base mayoritariamente fósil. La pregunta de fondo no es si habrá transición energética, sino quién la financiará, quién controlará sus tecnologías y quién pagará sus costos.
Energía, geopolítica y poder
La primera causa de esta nueva disputa es estructural: la demanda mundial de energía sigue creciendo. La población aumenta, las economías emergentes reclaman legítimamente mayor consumo, las ciudades se expanden y la digitalización exige electricidad abundante, estable y barata. La inteligencia artificial, los servidores, las plataformas digitales y las granjas de datos no viven del aire. Detrás de cada algoritmo hay energía, minerales, agua, suelo e infraestructura. La Agencia Internacional de Energía (AIE) en 2026, advierte que el desarrollo de la inteligencia artificial elevará la demanda de electricidad de los centros de datos. El consumo eléctrico global de dichos centros podría duplicarse hacia 2030, pasando de 415 TWh en 2024 a 945 TWh.
La segunda causa es geopolítica. La guerra en Ucrania demostró que la energía puede convertirse en arma de presión política. Europa, que durante años construyó parte de su competitividad industrial sobre el gas ruso relativamente barato, descubrió de golpe su fragilidad estratégica. Redujo su dependencia de Rusia, pero no dejó de ser importadora neta de energía. Cambió proveedores, pagó más por seguridad y trasladó parte del costo a empresas y hogares.
La tercera causa es tecnológica. Estados Unidos, China y Europa no compiten solo por talento, algoritmos o patentes. Compiten también por electricidad, minerales críticos, redes, chips y capacidad industrial. En adelante, los centros de datos serán tan estratégicos como antes lo fueron los puertos, los oleoductos, las refinerías o las bases militares. Ningún país podrá liderar la inteligencia artificial si no dispone de energía suficiente, segura y competitiva.
La transición energética incompleta
Las renovables avanzan, pero no reemplazarán de manera rápida al petróleo, al gas y al carbón. La energía solar y eólica requieren redes, almacenamiento, respaldo, permisos, tierras y minerales. No basta instalar paneles y aerogeneradores. Se necesita un sistema eléctrico capaz de sostenerlos.
Además, sectores como transporte pesado, aviación, minería, cemento, acero, petroquímica, etc. seguirán dependiendo durante años de combustibles fósiles o de tecnologías aún costosas. Por eso, la transición energética no será un simple cambio de tecnología. Será una transformación económica, fiscal, industrial y geopolítica lenta. Según World Oil Outlook 2050 (OPEC, 2025), en 2024, los combustibles fósiles representaban el 80% de la matriz energética mundial y proyecta al 2050 una contribución del 67.2%.
El discurso optimista promete una transición rápida, limpia y barata.
La realidad muestra un proceso más lento, desigual y conflictivo. Los países con capital, tecnología y energía barata avanzarán más rápido. Los países dependientes, subdesarrollados y sin planificación quedarán atrapados entre combustibles caros, importación de equipos y pérdida de competitividad.
Los efectos económicos y sociales
Los efectos de la guerra energética son múltiples. Cuando suben el petróleo, el gas o el carbón, suben también el transporte, la electricidad, los alimentos, los fertilizantes y la inflación. El impacto es regresivo, porque los hogares pobres destinan una mayor proporción de sus ingresos a energía, movilidad y bienes básicos.
También se afecta la competitividad. Una economía que compra energía cara produce caro. Europa es el ejemplo más claro. Tiene tecnología, capital humano e instituciones sólidas, pero enfrenta una restricción energética severa. Puede liderar normas ambientales, pero si no resuelve el costo de la energía corre el riesgo de convertirse en una potencia regulatoria con menor músculo productivo.
En América Latina, la situación es ambivalente. La región posee petróleo, gas, litio, cobre, agua, sol y viento, pero muchos países carecen de una visión de futuro, infraestructura, integración regional y política industrial. Tener recursos naturales no garantiza seguridad energética. Sin estrategia, puede profundizar el extractivismo y reproducir dependencia tecnológica.
Tres escenarios hacia 2050
El primer escenario es una transición ordenada: renovables, redes, almacenamiento, eficiencia y electrificación avanzan rápidamente; las energías fósiles pierden peso; los países vulnerables reciben financiamiento; y la seguridad energética mejora. Es el escenario deseable, pero exige cooperación internacional, muy difícil en una época de fragmentación geopolítica.
El segundo escenario es una transición desigual: los países ricos aceleran su cambio energético, mientras los países pobres siguen atrapados entre crisis estructurales, combustibles caros y falta de inversión. Este escenario es probable. Puede crear una nueva división internacional: unos controlan tecnología, capital y minerales; otros exportan materias primas baratas e importan equipos caros.
El tercer escenario es la fragmentación energética: bloques rivales compiten por petróleo, gas, uranio, litio, cobre, tierras raras, chips y rutas marítimas. En ese mundo, la energía no será solo mercancía, sino instrumento de poder. Las sanciones, los bloqueos, los aranceles, la guerra tecnológica y la militarización de corredores estratégicos (Canal de Panamá, Estrecho de Ormuz, etc.) formarán parte del paisaje económico.
Una agenda necesaria
Los países no pueden esperar pasivamente al mercado. La energía debe ser tratada como bien estratégico. Se requiere diversificar fuentes, invertir en redes, almacenamiento y eficiencia, promover industria nacional vinculada a la transición, proteger a los hogares vulnerables y construir reservas estratégicas.
Para países como el Perú, la agenda es clara: planificación energética de largo plazo, impulso responsable a renovables, uso inteligente de sus materias primas (gas natural, minerales), modernización de infraestructura, integración eléctrica regional, desarrollo de proveedores locales y reglas que atraigan inversión sin renunciar al interés nacional.
Conclusión
La guerra por la energía en el siglo XXI ya está en marcha. Se expresa en Ucrania, Medio Oriente, el mar Rojo, la disputa por minerales críticos, la carrera por la inteligencia artificial y la competencia por redes eléctricas seguras.
La humanidad enfrenta una contradicción histórica: necesita más energía para sostener el desarrollo, pero debe producirla con menos emisiones y menor dependencia geopolítica. El futuro no será de quienes repitan discursos verdes sin infraestructura ni de quienes defiendan los fósiles como si nada hubiera cambiado. Será de los países que entiendan que energía, tecnología, industria y soberanía forman parte de una misma estrategia. L:270626
______
(*) Es ex presidente de Petroperú y profesor principal de Economía Financiera en la UNMSM.