La universidad pública en crisis: San Marcos como síntoma de un país sin proyecto educativo

Alejandro Narváez Liceras(*)

La reciente toma de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos no debe ser leída como un simple conflicto estudiantil ni como una interrupción coyuntural de la vida académica. Es, más bien, el síntoma visible de una crisis más profunda: la crisis de la universidad pública peruana como institución formadora de élites profesionales, científicas, intelectuales y políticas para el desarrollo nacional.

El hecho es políticamente significativo. San Marcos no es cualquier universidad: es la universidad pública más antigua del continente, símbolo de movilidad social, pensamiento crítico y ascenso profesional para miles de jóvenes de sectores medios, populares y provincianos. Cuando San Marcos se paraliza, no solo se paraliza una institución, se desnuda una enfermedad nacional.

El problema de fondo no es si los estudiantes tienen o no razón en cada punto de su protesta. El problema mayor es que la universidad pública peruana ha sido empujada a una situación límite en las últimas décadas: presupuestos insuficientes, laboratorios obsoletos, investigación de bajo impacto, docentes precarizados, carreras desconectadas de las necesidades productivas del país, facultades convertidas en parcelas de poder y autoridades que, en algunos casos, confunden autonomía con feudo administrativo.

Antecedentes: una crisis largamente acumulada

La crisis universitaria peruana no nació con la toma de San Marcos. Tiene raíces profundas, entre otras, en la masificación de universidades sin planificación, el abandono presupuestal, la precariedad docente, la débil investigación científica y principalmente, en la ausencia de una política nacional de educación superior con visión de futuro.

Durante décadas, el Estado permitió que el sistema universitario creciera sin una adecuada correspondencia entre número de universidades, calidad docente, infraestructura, laboratorios, bibliotecas, investigación, etc. El problema fue más grave en el conjunto del sistema universitario peruano (privadas y públicas), pero también alcanzó la crisis a universidades públicas históricas que, aun conservando prestigio, fueron perdiendo capacidad de renovación institucional.

Universidades públicas que se autofinancian

No existe universidad pública de calidad sin financiamiento suficiente, estable y estratégicamente asignado. Se exige excelencia a las universidades, pero asignan presupuestos para sobrevivir, no para competir. Una universidad moderna necesita recursos ordinarios para planillas, pero también requiere inversión en laboratorios, repositorios digitales, bibliotecas, centros de investigación, movilidad académica, formación doctoral, internacionalización, etc.

El caso de San Marcos es especialmente revelador. Entre 2019 y 2023, la universidad tuvo un presupuesto anual promedio cercano a S/ 563 millones, de los cuales más de la mitad provenían de recursos directamente recaudados (RDR), lo que la convertía, en la práctica, en una universidad cuasi-privada. Esa realidad no ha cambiado en lo sustancial. La universidad pública peruana sigue dependiendo de ingresos propios, tasas, posgrados, servicios y actividades complementarias para cubrir brechas que el Estado no financia plenamente.

Esta situación distorsiona la misión universitaria. Una universidad pública no debe vivir obsesionada por recaudar, como las privadas que buscan lucro; debe estar concentrada en formar, investigar y transferir conocimiento a la sociedad. La autofinanciación puede complementar, pero no reemplazar la responsabilidad del Estado.

Calidad académica: entre el mérito y la rutina

La calidad académica de la universidad pública peruana es profundamente desigual. Hay facultades y docentes de alto nivel, pero también existen programas con currículos desactualizados, baja exigencia, escasa conexión con el mercado laboral y débil formación en investigación, idiomas, tecnología y pensamiento crítico.

El problema no es únicamente presupuestal. También es institucional. En algunas universidades, la carrera docente no siempre premia la productividad académica, la innovación pedagógica o la investigación de impacto. A veces pesa más la antigüedad que el mérito, la cercanía política que la excelencia y la pertenencia a grupos internos que la capacidad intelectual. Esa es una forma silenciosa de corrupción académica: no siempre roba dinero, pero roba futuro. Una universidad que no selecciona, evalúa y promueve rigurosamente a sus docentes termina formando profesionales para un país del tercer mundo.

 Investigación: producir más no significa transformar más

La investigación universitaria peruana ha mejorado en volumen, pero su impacto sigue siendo muy pequeño. Algunas universidades públicas han incrementado publicaciones, participación en rankings y presencia en base de datos y plataformas internacionales. Sin embargo, la producción científica nacional continúa concentrada en pocas instituciones y pocos grupos de investigación.

Un estudio sobre producción científica en Scopus señaló que 97 universidades peruanas licenciadas fueron consideradas en rankings que evaluaban producción científica, impacto, excelencia internacional y patentes, mostrando fuertes diferencias de desempeño entre ellas. Asimismo, análisis recientes sobre publicaciones científicas muestran que varias universidades públicas aparecen entre las de mayor producción, pero el reto sigue siendo convertir publicaciones en innovación, políticas públicas, desarrollo productivo y solución de problemas nacionales.

La universidad pública no puede limitarse a publicar para ascender en un registro o para recibir unos soles más. Debe investigar los problemas estructurales del Perú: informalidad, pobreza, desigualdad, corrupción, productividad, minería, agua, energía, desigualdad territorial, seguridad alimentaria, transformación digital, etc. Si la investigación universitaria no dialoga con los grandes problemas nacionales, se convierte en producción bibliográfica sin alma. Y una universidad sin alma puede llenar repositorios, pero no transformar la sociedad.

Enseñar en el siglo XXI con herramientas del siglo XX

La infraestructura es otro rostro de la crisis. Muchas universidades públicas tienen aulas deterioradas, bibliotecas insuficientes, laboratorios obsoletos, conectividad deficiente y equipamiento incapaz de sostener una formación científica moderna. En carreras de ingeniería, ciencias básicas, salud, agroindustria o tecnología, un laboratorio precario no es un detalle administrativo, es una mutilación de la formación profesional.

El estudiante puede tener talento, vocación y disciplina, pero si estudia en laboratorios sin equipos actualizados, con bibliografía limitada y sin contacto con tecnologías contemporáneas, egresa en desventaja. El Perú no puede hablar seriamente de industrialización, innovación o diversificación productiva si sus universidades públicas no tienen condiciones materiales para producir ciencia y tecnología.

Facultades como parcelas de poder

Uno de los problemas menos discutidos, pero más corrosivos, es la captura interna de facultades por grupos docentes. En algunas universidades, las facultades han dejado de funcionar como comunidades académicas y se han convertido en territorios de disputa: control de decanatos, direcciones de escuela, unidades de posgrado, plazas docentes, carga lectiva, jurados, concursos y presupuestos.

Esa lógica feudal destruye la universidad desde adentro. Cuando una facultad se administra como propiedad de grupo, el interés académico queda subordinado al cálculo político. Cuando el docente se convierte en operador electoral, la universidad pierde autoridad moral. Cuando la autonomía se usa para proteger mediocridad, se desnaturaliza la autonomía.

La politización universitaria no es mala en sí misma. La universidad debe ser crítica, deliberante y democrática. Lo grave es la politización facciosa (de grupos): aquella que reemplaza el debate de ideas por el reparto de cargos y que convierte la vida institucional en una guerra permanente de pequeños poderes.

Rankings:  desempeño insuficiente

Los rankings no son la verdad absoluta, pero ofrecen señales que no deben despreciarse. En el QS World University Rankings 2026, San Marcos aparece en el rango 951-1000 a nivel mundial, mientras que en el ranking de América Latina y el Caribe 2026 ocupa el puesto 44.

Estos resultados deben leerse con sobriedad. Que San Marcos sea la mejor universidad pública del Perú no significa que esté donde debería estar una universidad de su historia, tamaño y responsabilidad nacional. El problema peruano no es solo que pocas universidades aparezcan en rankings globales; el problema es que el país parece acostumbrado a celebrar posiciones discretas como si fueran hazañas.

El problema mayor: un país sin política universitaria de futuro

La crisis de la universidad pública responde, en gran medida, a la ausencia de una política educativa de largo plazo. El Perú no ha definido qué tipo de profesionales necesita, en qué sectores estratégicos quiere competir, qué investigación debe financiar, qué regiones requieren polos universitarios especializados ni cómo articular universidad, empresa, Estado y sociedad.

Por eso, la universidad pública reproduce el subdesarrollo en lugar de superarlo. Formas profesionales muchas veces desconectados de una estrategia nacional. Investiga poco o con bajo impacto. Opera con presupuestos insuficientes. Tolera prácticas internas de poder. Y, al mismo tiempo, carga sobre sus hombros la esperanza de miles de jóvenes que ven en ella una vía de ascenso social.

Conclusiones

La toma de San Marcos es un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es una universidad pública abandonada por el Estado, debilitada por la precariedad presupuestal y exigida por una sociedad que reclama calidad sin construir las condiciones para ella.

El Perú necesita una universidad pública que no administre inercias, sino que lidere transformaciones, y eso implica: financiamiento plurianual, meritocracia docente, laboratorios modernos, investigación útil, internacionalización, evaluación de facultades y rendición de cuentas. No basta defender la universidad pública en abstracto; hay que rescatarla de la pobreza, la mediocridad y de las facciones internas.

Si el Perú quiere salir del subdesarrollo, debe empezar por preguntarse qué tipo de universidad necesita. Porque ningún país es más grande que la calidad de sus universidades. Y una nación que descuida sus universidades públicas está renunciando, silenciosamente, a su propio futuro. Añado, San Marcos la universidad más antigua de América debe volver a ser también la más visionaria del Perú.  L:230526.

______

(*) Es Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido rector de la Universidad Nacional Micaela Bastidas de Apurímac y actualmente, profesor principal en la UNMSM.

Registrate al Evento